22 diciembre 2011

El rey comunista, léase, Giorgio Napolitano.


Roma.- Con toda probabilidad, le sentó como una ducha de agua fría en una mañana decembrina. Desde siempre ha sido un tenaz defensor de la República, sistema de gobierno que Italia adoptó en 1946. Pero no se puede excluir que, al saberlo, una mueca de picardía y algo de altivez apareció en su rostro. 
Quizás por el amor platónico que sienten los italianos hacia los personajes carismáticos o quizás porque su serenidad contrasta con el fuego que emiten la mayoría de los políticos locales, el Presidente Giorgio Napolitano es tan amado.
Lo certifica una popularidad que es tan alta que ya no es noticia en su tierra natal. Ocho de cada diez italianos lo respetan, el índice más alto entre los políticos. No es en vano. Hábil y dúctil en sus maniobras, es el único que puede presumir haber logrado poner orden en la problemática Italia antes y después de Silvio Berlusconi.

05 diciembre 2011

Las élites croatas entierran su pasado socialista (y Tito)



KUMROVEC, Croacia. – Pávida e imperturbable, la vendedora cumple con sus labores con una lentitud eterna. Silenciosa, presta poca atención mientras atiende a sus clientes. Está a cargo de la única tienda de recuerdos de Kumrovec, diminuto pueblo donde nació y se encuentra la casa familiar de Josep "Tito" Broz, el hombre que dirigió Yugoslavia durante 35 años.

Es de suponer que Kumrovec dejó de tener fama ya después de la muerte de Tito, en 1980. Hoy la ruta empinada y rural de la que se debe servir el visitante apenas revela este pueblo de 300 habitantes situado a pocos kilómetros del río Sutla, que hace de frontera con Eslovenia.

Hay turistas, pero pocos. “Eso sí, vienen de todas partes, desde Australia hasta Israel y, sobre todo, de países de la ex Yugoslavia”, admite el más coloquial Lumorad Delifa, propietario de la cafetería al lado de la tienda de souvenirs.

Llegan para ver el sitio donde nació y vivió Tito, aunque aquí casi no hay rastro de él. A excepción de unas viejas fotocopias en inglés, apoyadas en un rincón, el recuerdo del Mariscal vive sólo a través de una viejas camisetas, llaveros, tazas y mecheros con su imagen.

La casa de Broz, construida en 1860 y en cuyo interior descollan paneles en idioma croata, se disimula entre las otras 20 que hay de en el parque temático "Vieja Aldea", dedicado a la vida rural.

Un destino peor lo sufre la Escuela Política Josep Broz, donde antaño se teorizaba sobre la lucha de clases, que cerró después de la guerra y nunca reabrió.

"La verdadera cuestión es que el edificio de la Escuela Política está en un limbo desde su cierre cuatro años después del fin de la guerra. La administración nacional gasta 2.5 millones de kunas al año para su mantenimiento pero está cerrado", explica Anamarjiana Borosak, directora de Administración de Kumrovec.

"La alcaldía de Kumrovec recibe continuamente ofertas para rescatar y explotar este patrimonio a nivel turístico pero la administración central, que es propietaria de ambos edificios, lo impide. En Zagreb, ni quieren oír hablar de Tito", agrega Borosak.

La memoria sobrevive así en Croacia. O mejor, se esconde así. Como antaño hizo con la influencia otomana, las élites croatas entierran el pasado que desdeñan para mirar hacia Europa. Y lo hacen mientras aguardan el anhelado acceso en la Unión Europa, previsto para 2013, lo que fijará un nuevo mapa político que difícilmente se verá alterado por la anexión de otros países en los próximos años.

"Tito no es el único que ha sido puesto en el cajón del olvido. Nikola Tesla, uno de los mayores inventores de nuestro siglo, fue maltratado por mucho tiempo. Y esto porque tenía padres serbios", explica la periodista Vesna Fabris.

Borrar de un plumazo el pasado que no se aprecia, sin embargo, no siempre significa sanar las heridas. Una conflictiva versión de esto la dan muchos nacionalistas croatas de la generación que vivió la guerra. "¿Serbios? Yo no quiero oír esa palabra, para mi no existe. No existen ni en el diccionario", dice Nedjeljko Bulovic, un artista callejero de Zagreb con un pasado como combatiente.

En la principal plaza de Zagreb, la estatua del conde austrohúngaro Josip Jelacic, ban de Croacia de 1984 a 1859, se levanta orgullosa en el centro de la explanada. Removida en 1947 por el gobierno socialista, que acusaba a Jelacic de ser un enemigo de Croacia, fue reinstalada en 1990 cuando empezaba a caer Yugoslavia y representa hoy el ejemplo opuesto: es la memoria que no se borró. 

04 diciembre 2011

Croacia, el pueblo que no se ríe



ZAGREB

– ¿Usted sabe por qué los croatas no nos reímos? ¿Alguna vez se lo preguntó?

Para alguien acostumbrado a plantear interrogantes y no a ser la destinatario de éstos, una pregunta directa así puede dejar por un instante perpleja, más aún si llega sin titubeos, caída del cielo, en el medio de una de esas pseudo conversaciones que hacemos los informadores para captar el humor del ciudadano común.

– No, la verdad no. Pero, en efecto...

En plena noche, el taxista disminuye la velocidad del automóvil y repite. No debe tener más de 40 años, pero cuenta que ya vivió dos conflictos bélicos, la guerra de independencia de Croacia y el sitio de Sarajevo, ambos contra un enemigo común, Serbia, país que todavía ve con rabia.

– ¿Nunca se lo preguntó? No es difícil de entender. Yo soy musulmán, pero nací aquí, en Croacia, y mis padres son bosnios. Y no. Nuestra triesteza no tiene nada que ver con la guerra. Nosotros, los croatas, no nos reímos porque estamos acostubrados a que nos roben hasta el alma. Todo acá es clientelismo, corrupción... Ir al médico, pedir un certificado público, licenciarse... Y eso no va a cambiar con la entrada en la UE.

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